LA LUZ
Llámese Rosa, tal vez María, o qué importa.
Algún mes, de algún año le arrancaron cual garrapatas al
hijo de sus entrañas.
Un doctor carnicero con mirada perversa que se mordía los
labios y olía a vísceras.
Insalubre, haciéndola
sentir como una puta.
Tan frágil e impotente.
‘’Nena, estás vulnerable, todo huele a óxido y estas partida
a la mitad.
Has perdido demasiada sangre pero no sé qué te hace aferrarte a este viejo
catre, y te mantienes aún con vida, empapada en sudor.
No hay nadie a tu lado.
Los gritos de la criatura que trajiste retumban en el cuarto,
la calle, en todo el universo, rompen el cielo y ahuyentan el odio, como el renacimiento
del follaje después de la nieve.
Entonces por primera vez después de dos mil años.
Sonríes…’’.
