Un antiguo registro del mito del Amaru describe a este ser
como un terrible monstruo con cabeza de llama flanqueada por dos pequeñas alas
y cuerpo de serpiente, con escamas multicolores, ojos cristalinos, hocico
rojizo y cola de pez.
En muchos relatos el Amaru aparece como un secreto habitante
del fondo de los lagos o cursos de agua, escenarios propicios para luchar a
muerte contra las sequías.
En estas historias la deidad permite que la tierra sea
bendecida con el agua formando ríos y originando lluvias.
Dice la leyenda que “hubo un tiempo en que la tierra sufría
por falta de agua y no daba tregua a hombres, plantas y animales.
Sólo la cantuta – la flor sagrada de los Incas – resistía
este terrible flagelo ya que requiere de poca agua para existir.
Pero la sequía era tan fuerte secando todo cuanto existía:
las rocas se partían y la tierra se rajaba, la gente había olvidado lo que era
una nube que descargara agua o proporcionara sombra y todo se volvía mustio, al
punto de acabar con la cantuta.
Ante tal amenaza dio el mejor esfuerzo en salvar su última
flor, pero eso no era suficiente.
En una noche de conjuro, en que las fuerzas de la naturaleza
se decantan por un mejor futuro la flor sufrió una mágica mutación.
Cuando amaneció, la flor, al momento de desprenderse del
tallo, en vez de caer sobre la tierra reseca desplegó sus alas y emprendió
vuelo porque se había transformado en colibrí, la cual emprendió raudamente
hacia las cumbres de la Cordillera.
Tanta era su prisa para cumplir su misión que al pasar sobre
la laguna Wacracocha no se detuvo para calmar su sed un instante y siguió
tenazmente hasta llegar a la cumbre donde moraba el buen Waitapallana.
Este dios se encontraba contemplando los primeros rayos del
día y salió de su ensimismamiento cuando percibió la sutil fragancia de la
cantuta.
Pero su flor preferida no estaba por ningún lado y solo
encontró un colibrí agonizante que expiró en la palma de su mano una vez que le
suplicó que salvara a la tierra de la sequía.
Conmovido por aquel triste espectáculo, el dios bajó la
vista y contempló la tierra moribunda.
Ante tal desolador espectáculo, dos gruesas lágrimas de roca
salieron de sus ojos, se deslizaron por sus mejillas y rodaron por la ladera de
la montaña con tal estrépito, que al caer en la laguna de Wacracocha
interrumpió el milenario sueño del Amaru.
En un rápido movimiento la criatura levanto su enorme cabeza
y extendió sus pequeñas alas, las cuales al sacudirlas propicio el surgimiento
de una incesante lluvia que duro varios días salvando a la tierra de su
extinción.
Asimismo, de su cola de pez cayó el granizo, su aliento se
convirtió en nubes que dieron sombra y sus escamas multicolores se
transformaron en un Arcoíris.
Una vez que la tierra volvió a ser un lugar apacible y de
esperanza, el Amaru se acomodó en los Andes, hundiendo su cabeza en el
Wacracocha y quedando profundamente dormido, en un largo sueño que dura hasta
nuestros días.
Dicen que quienes desean saber que sueña el Amaru desde
entonces y que sucederá con cada hombre que puebla la tierra, deben recorrer su
enorme cuerpo y leer sus escamas, donde además está escrito el extraordinario
esfuerzo de una cantuta que se transformó en Colibrí para salvar el mundo,
gracias a las lágrimas de un compasivo dios”.