viernes, 27 de abril de 2018

Encuentro

En el escabroso laberinto del pensamiento me estremecí al ver un alma hecha trizas;
Miré asombrado.
Y retrocedí, y retrocedí.
Entonces me avergoncé de mi absurdo miedo , pero me dí cuenta que el retroceder me ayudaría a embestir,
Me dejé ir con todas mis fuerzas contra aquella ánima. Sólo para darme cuenta que había chocado contra un espejo.


Flor. P.


Amaru


Un antiguo registro del mito del Amaru describe a este ser como un terrible monstruo con cabeza de llama flanqueada por dos pequeñas alas y cuerpo de serpiente, con escamas multicolores, ojos cristalinos, hocico rojizo y cola de pez.
En muchos relatos el Amaru aparece como un secreto habitante del fondo de los lagos o cursos de agua, escenarios propicios para luchar a muerte contra las sequías.
En estas historias la deidad permite que la tierra sea bendecida con el agua formando ríos y originando lluvias.
Dice la leyenda que “hubo un tiempo en que la tierra sufría por falta de agua y no daba tregua a hombres, plantas y animales.
Sólo la cantuta – la flor sagrada de los Incas – resistía este terrible flagelo ya que requiere de poca agua para existir.
Pero la sequía era tan fuerte secando todo cuanto existía: las rocas se partían y la tierra se rajaba, la gente había olvidado lo que era una nube que descargara agua o proporcionara sombra y todo se volvía mustio, al punto de acabar con la cantuta.
Ante tal amenaza dio el mejor esfuerzo en salvar su última flor, pero eso no era suficiente.
En una noche de conjuro, en que las fuerzas de la naturaleza se decantan por un mejor futuro la flor sufrió una mágica mutación.
Cuando amaneció, la flor, al momento de desprenderse del tallo, en vez de caer sobre la tierra reseca desplegó sus alas y emprendió vuelo porque se había transformado en colibrí, la cual emprendió raudamente hacia las cumbres de la Cordillera.
Tanta era su prisa para cumplir su misión que al pasar sobre la laguna Wacracocha no se detuvo para calmar su sed un instante y siguió tenazmente hasta llegar a la cumbre donde moraba el buen Waitapallana.
Este dios se encontraba contemplando los primeros rayos del día y salió de su ensimismamiento cuando percibió la sutil fragancia de la cantuta.
Pero su flor preferida no estaba por ningún lado y solo encontró un colibrí agonizante que expiró en la palma de su mano una vez que le suplicó que salvara a la tierra de la sequía.
Conmovido por aquel triste espectáculo, el dios bajó la vista y contempló la tierra moribunda.
Ante tal desolador espectáculo, dos gruesas lágrimas de roca salieron de sus ojos, se deslizaron por sus mejillas y rodaron por la ladera de la montaña con tal estrépito, que al caer en la laguna de Wacracocha interrumpió el milenario sueño del Amaru.

En un rápido movimiento la criatura levanto su enorme cabeza y extendió sus pequeñas alas, las cuales al sacudirlas propicio el surgimiento de una incesante lluvia que duro varios días salvando a la tierra de su extinción.
Asimismo, de su cola de pez cayó el granizo, su aliento se convirtió en nubes que dieron sombra y sus escamas multicolores se transformaron en un Arcoíris.
Una vez que la tierra volvió a ser un lugar apacible y de esperanza, el Amaru se acomodó en los Andes, hundiendo su cabeza en el Wacracocha y quedando profundamente dormido, en un largo sueño que dura hasta nuestros días.
Dicen que quienes desean saber que sueña el Amaru desde entonces y que sucederá con cada hombre que puebla la tierra, deben recorrer su enorme cuerpo y leer sus escamas, donde además está escrito el extraordinario esfuerzo de una cantuta que se transformó en Colibrí para salvar el mundo, gracias a las lágrimas de un compasivo dios”.

miércoles, 4 de abril de 2018

BOSQUEJO DE UN SUICIDIO.


BOSQUEJO DE UN SUICIDIO.

(Llevaba planeándolo desde los 15, hasta hace un par de años)

Mi muerte sería a los 25, tomaría ''prestada'' la camioneta de papá, la distancia era de 15 minutos sin correr demasiado, adentrarme en el muelle de aquella playa de mis amores, el brillo del agua y sus suaves olas era lo último que hubiera querido ver...
A eso de las seis y media de la tarde ,sonando una melodía no triste, más bien alegre, aquella que marcó los momentos más felices de mi vida, no cartas, no notas ni rencores, ni dolores, porque alguien que está a punto de morir no le llora a los muertos.
Mi viaje iba ser en paz, llegada esa hora, cuando se ponía el sol y los bañistas, pescadores y vendedores se retiraban, yo sacaría una pequeña navaja y me cortaría la garganta, a lo lejos dentro de una camioneta, casi al final del muelle iba morir...
Porque era una niña asustada, obligada muy tempranamente a odiar, no sé realmente si quería morir o solamente volar.
Heme aquí con 22 años y apenas empiezo a vivir.


                                                                                                                                Flor Pérez, año 2016





Te me morías

Me di cuenta en cada beso, tus labios eran cada vez más fríos, tu cuerpo era cada vez mas rígido, tu pecho ya no palpitaba, cuando me v...