jueves, 14 de diciembre de 2017

Morir al canto del gallo





Morir al canto del gallo


DING, DONG
¿Acaso las campanas suenan así?
 O solo era un sonido dentro de la mente.
Y lluvia;
Y tú llorando, tosiendo.
Odiándome porque estabas sumergida en un cadáver,
Entonces éramos dos sufriendo los estragos de una doble putrefacción
Lo tóxica que es la vida y el despegue de lo dañino es aún más dañino.
Aquél día viendo su reflejo en el agua del inodoro
Con la sensación rasposa en las amígdalas
 Amargo
Después de unas cuantas rayas de cocaína y más de 30 cigarrillos
Taciturna
Pero entonces el estallido …
MDMA
El exceso es burdo, diría, peor que la lepra, porque te arranca pedazos a dentelladas, y bebe tu sangre a grandes sorbos que le chorrean la barbilla y se limpia con la grasienta y fétida manga de su raído harapo.
Ahhhhh!
¿Qué diría mi madre? ¿Qué haría mi padre?
Probablemente madre lloraría hasta quedarse dormida, y padre haría cuentas de las cosas que te dio, con la decepción  en los ojos y ese nudo en la garganta.
Morir al canto del gallo.
Tan temprano en la vida, te cansaste.
El eco de ese kikirikeo, retumbando en la favela.
Como el sonido de la nostalgia que dejaste, aquel día que tu espíritu salió de ti.
Tu madre lloraba cada vez que escuchaba:
El canto del gallo.

(Flor Pérez un 15/09/’17)


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